No codicies la casa de tu prójimo: No codicies su esposa, ni su esclavo, ni su esclava, ni su buey, ni su burro, ni nada que le pertenezca. (Éxodo 20:17)


“El pecado de la concupiscencia (codicia, envidia) está más oculto y escondido en el corazón por lo que jamás se deja ver, escapando al juicio de los sentidos”.
Juan Calvino


Me sorprende, la verdad no sé por qué, pero me sorprende ver la facilidad con que podemos envidiar las pertenencias o bienes de otras personas. Estamos inconformes con lo nuestro, muchas veces sin siquiera estar conscientes de ello. Pero envidiamos la casa, el carro, los hijos, el físico, la salud, las bendiciones de la gente a nuestro alrededor.

Sin embargo es curioso, se habla del robo, del adulterio, del falso testimonio, es más, hasta he escuchado algo que ya hasta parece un dicho: “una mentira piadosa, sigue siendo una mentira, no deberían decirla”. Pareciera que aquel décimo mandamiento sólo se aplica a los que la envidia los ha corrompido, los ha vuelto “locos”. Personificamos este pecado con la típica imagen de Rico McPato en los cuentos de Disney, un viejo malhumorado y amargado, siempre detrás de pilas y pilas de monedas de oro. Hemos caído en un error, la codicia, la avaricia, la envidia y la concupiscencia, es mucho más que el rico poderoso que amargando todo lo que se encuentra a su paso, se ensucia las manos deseando más y más.

Es un enemigo sutil, muy sutil… no codicien, no codicies dice a cada rato la Palabra, no codicies su hermosura, no codicies sus manjares, no codicies los bienes, no codicies NADA que le pertenezca, no codicies a tu prójimo. Dios no escribió este último mandamiento para rellenar, o para que fueran diez, ni porque fuese menos importante lo dejo al último. Pensemos: uno no puede amar al prójimo si con nuestra envidia lo convertimos en nuestro enemigo. La codicia es sutil, debemos abrir los ojos y reconocer, reconocer que tenemos envidia, envidia del éxito de otro, de la familia, del conocimiento, del cabello, del dinero, de la fuerza, del carro, de la esposa, del amigo, del humor, de la posición, de las bendiciones de nuestro prójimo. Si nos cegamos nos rendimos al pecado.

Así como hemos escuchado decir que una “mentirita piadosa”, no deja de ser una mentira, de la misma manera debemos dejar de solapar nuestra envidia “razonable” ya que no deja de ser envidia.

El apóstol Pablo en su epístola a los Romanos, capítulos 7 al 8 nos habla acerca de este problema; lo más fascinante es que en todo momento él se reconoce en desventaja, se sabe pecador, cuando reconoce su pecado, el de la codicia, la concupiscencia, reconoce también que su peor enemigo es él mismo “Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien”.

El apóstol reconoce que él no podía librarse a si mismo por eso le da gracias a Dios por el camino a la salvación, Jesucristo. Por el cual somos justificados, esto claro, no nos compra una licencia para poder pecar, más bien nos provee de lo necesario para alcanzar lo que todo verdadero creyente deberíamos estar buscando: SANTIDAD. Un poco más adelante en el capitulo 8 nos dice que los verdaderos creyentes tenemos al Espíritu Santo por medio del cual podemos hacer morir las obras de la carne.

Algunas veces haremos el mal aún cuando nuestro propósito firme fuera hacer lo correcto, pero debemos vivir cada vez más en santidad y para ello lo primero es reconocer nuestro pecado, como decía Juan Calvino, “Ciertamente los hipócritas tienen los ojos vendados de tal forma que no ven jamás el alcance de este mandamiento, por el cual se nos prohíbe codiciar y se nos exige una gran perfección”.

Le invito a que no deje pasar de hoy, hagamos una reflexión en nuestros actos, detengámonos en nuestros pensamientos, ahí encontraremos nuestros deseos.

Julio 20, 2014 | Aimeé Pérez

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