El jueves pasado en la reunión de oración leímos el pasaje de Hechos 16 donde Pablo y Silas son azotados y encarcelados injustamente. Los magistrados ordenan asegurarlos con firmeza y son puestos en el calabozo de más adentro con sus pies asegurados en el cepo. Con todo, dice la Biblia que estos hombres oraban y cantaban himnos durante la noche de tal manera que los presos los escuchaban.

Lucas, el autor de Hechos, nos relata que mientras estos hombres cantaban y oraban, un terremoto sacudió la prisión, las puertas se abrieron y las cadenas de todos se soltaron. El carcelero, sabiendo que la pérdida de un reo era castigado severamente hasta la muerte, decide quitarse la vida pero Pablo de un grito lo impide y le pide comprobar que todos siguen allí. El desenlace de la historia es que el carcelero escucha el mensaje del Evangelio y reconoce a Jesús como su Salvador, luego su familia con él y al final hay gran alegría en la salvación de esta familia.

Muchas cosas me llaman la atención de este pasaje como el hecho de que Pablo y Silas después de ser “azotados mucho” y estar en un calabozo oscuro y sujetos de los pies, puedan cantar himnos y orar al Señor como cualquier cosa, pero lo que más me llama la atención es ¿cómo estarían orando? Aunque la Biblia no nos lo dice, creo que podemos pensar que no estaban pidiendo ser liberados, ya que de haber sido así habrían salido corriendo sin vacilar. Sin embargo permanecieron allí.

Creo que estos hombres tenían fijos sus ojos en Dios y en los propósitos de Dios. Antes de pensar en ellos mismos pensaron en el carcelero que estaba a punto de quitarse la vida. Antes de salir corriendo, se quedaron a conversar con él y a darle testimonio de la gran esperanza que tenemos en Cristo Jesús. Antes de ir con sus amigos a que les curaran las heridas de sus azotes y los apapacharan, se fueron con el carcelero y su familia ¡para que también ellos escucharan y conocieran a nuestro Señor Jesús!

Qué ejemplo tan maravilloso de poner nuestros planes a un lado y seguir los planes de Dios. Sí, es cierto, podemos quejarnos y llorar y lamentarnos por lo que este mundo caído nos ofrece… o podemos levantarnos y compartir la gloria de nuestro Padre celestial y la promesa de su reino que vendrá y, como el carcelero, regocijarnos con toda nuestra casa por haberle creído a Dios.

Septiembre 6, 2014 | Jorge A. Salazar

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