Dice un pasaje bíblico que Jesús estaba escribiendo sobre la arena cuando una multitud le llevo a sus pies a una mujer sorprendida en el acto mismo del adulterio. La multitud la acusaba y le recordaban a Cristo que la pena para ese delito era morir apedreada. Jesús seguía escribiendo en la arena, ni siquiera les prestó atención. Fue hasta que el bullicio y las preguntas se volvieron intensas cuando Jesús volviendo su rostro, les contestó: “el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra…” Dicho esto se inclinó nuevamente al suelo y siguió escribiendo con su dedo en la arena y cada uno, hasta no quedar ninguno, fue desapareciendo acusados por su conciencia (Juan 7:58-8:11).

La otra noche me quede dándole vueltas y vueltas a este pasaje; fue una de esas veces en las que el Espíritu Santo te trae un pasaje que crees haber entendido y leído perfectamente desde la primera vez, pero distas de encontrarle un sentido práctico para tu vida. Yo no ando queriendo apedrear mujeres, y mucho menos ponerle el cuerno a mi marido, ni vivo bajo la ley mosaíca, así que para mí sólo se trataba de un pasaje en el que los fariseos trataban de agarrar a Jesús como en tantos otros pasajes, y el Maestro de maestros había salvado de la muerte física y eterna a una persona, saliendo de la treta de la manera más exitosa e inteligente, como siempre.

Encuentro bastante seguido, cómo se nos da, de una manera casi natural, la murmuración, chisme, enredo, lío, crítica, patraña, cuentos… como guste usted llamarle, cualquiera de las siete palabras que acabo de escribir son sinónimos. Es una pena que podamos encontrar compañía que estaría dispuesta a salir a pasar un rato y pasar todo el tiempo entre chismes y calumnias hablando sobre la vida de otras personas, sin que después de haber terminado “la plática” se busque edificar a la pobre persona que ha sido víctima de estos “buenos amigos o amigas” que parecen conocer su vida y las soluciones de casi todos sus problemas, mucho mejor que ella misma. Este caso se da aún entre la propia familia, la hermana crítica al cuñado, la sobrina a la prima, la prima al tío, la tía a la abuelita y entre todos se juntan para hablar de la última operación o separación de fulanita, quien aún siendo una víctima ocasional, ha aprendido a jugar el juego y cuando se reúne con sus amigas se desquita criticando a la ausente zutanita…

Aún recuerdo como en una ocasión llamaron a la casa anónimamente, una supuesta muy amiga mía que hablaba para decir un sin fin de cosas en las que yo andaba metida. Esta vez le tocó contestar el teléfono a una de mis hermanas, no recuerdo lo que le escuché decir, lo que sí recuerdo hasta el día de hoy es que al colgar ella sólo dijo: “No importa lo que tienes que decir, por el simple hecho de que no estarías hablando anónimamente si en verdad fueras su amiga”. Mi hermana no tardó mucho en esa llamada, es más, yo ni cuenta me dí que hablaba de mí hasta tiempo después que me contó del incidente. Ella me dio la primera clase práctica de ética en toda mi vida. Me dio una gran lección; otra cualquiera en su caso hubiera seguido preguntando, tratando de agarrarme en las terribles cosas que pudiera estar haciendo. Me habría enfrentado, es más, hasta con mis padres hubiera hablado. No me habría creído. En cambio ella se limitó a colgar el teléfono; se trataban de calumnias. “Una persona que no da la cara o su nombre”, me dijo, “es una persona cuyo comentario debe tomarse como si nunca se hubiera dicho”. Y esa es precisamente una característica del chisme: nunca se sabe bien de donde viene, ni donde se alimentó tanto que llego a ser un gran gigante en la vida de alguien.

Estoy segura de que así como yo, todos hemos sido víctimas y cómplices de un ataque a través del chisme y, muy probablemente, no andamos por ahí queriendo apedrear ni condenar, ni lastimar conscientemente a alguien y que en este pasaje podemos encontrar una gran enseñanza a través del carácter de Cristo como cuando le llevaron a la mujer acusándola de algo malo que hizo.

Primero, ignoró a los acusadores y no se puso a investigar si era cierto o no lo que la gente decía. Segundo, como la multitud insistía, Cristo les enfrentó con su propia manera de vivir su vida, dejando bien claro que nadie es tan recto, ni perfecto, como para juzgar, acusar o apedrar a nadie. Tercero, Jesús siguió en lo suyo, en el propósito que Dios tenía para su vida. Ahora me pregunto: ¿cuántas veces en aras de la verdad seguimos indagando sobre asuntos que no nos corresponden? O ¿cuántas veces aún a sabiendas de que estamos mal, guardamos silencio en lugar de parar en seco el comentario inoportuno? O ¿en cuántas ocasiones hemos puesto en último término el propósito con el cual Dios nos puso en este mundo?

Propongo que de esta hora en adelante seamos honestos con nosotros mismos. Dejemos de apapachar nuestra habitual hipocresía, mantengamos la boca bien cerrada y nos dediquemos a cumplir el propósito que Dios tiene en nuestras vidas.

(Publicado en Palabras de Vida en Mayo de 2012)
Julio 1, 2015 | Aimeé Pérez

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