Vivimos en un mundo tan ajetreado y con tantas cosas en la cabeza que a menudo tendemos a preocuparnos por lo urgente y permitimos que reemplace a lo importante. Lo vemos en casa cuando están por llegar los invitados y los niños no han recogido sus zapatos y sus calcetines sucios de en medio de la sala y alzamos la voz: “siempre es lo mismo contigo, parece que lo haces adrede, te he dicho un millón de veces que no dejes tus zapatos y tus calcetines sucios en medio de la sala, pero ya sé que nunca se puede contar contigo cuando se te necesita...”.

Lo urgente es que nuestros invitados están a punto de llegar y no queremos que vean nuestra casa sucia o con los calcetines de tres puestas y los zapatos en medio de la sala; lo importante es enseñar a nuestros hijos la importancia que tiene su conducta y sus buenos hábitos en esta vida para ser hombres de buenas costumbres, pero más aún, enseñarles en amor y con la seguridad de que cuentan con sus padres.

En este ejemplo hemos cruzado varias líneas por nuestra premura de lo urgente y hemos causado grandes problemas difíciles de reparar. Por un lado nuestro hijo piensa que lo que hacemos es sólo por quedar bien con los demás, porque los zapatos y los calcetines estuvieron allí todo el día y nadie dijo nada hasta que iban a venir las visitas. Quererlos educar en cinco minutos a gritos no va a funcionar. Por otro lado le enfatizamos a nuestro hijo que nunca se puede contar con él y dejamos una marca en su corazón bastante profunda. Lo que en realidad le acabamos de decir a nuestro hijo es: “lo más importante para mi es lo que la gente piense de mi, incluso más importante que cómo te sientas”.

Creo que es mejor ponerle pausa a nuestras urgencias y ponderar lo importante. Sí, hay que corregir la conducta de ese hijo, pero si no hubiera visitas viniendo, si no tuviéramos prisa y nos pudiéramos dar el tiempo para buscar la mejor manera de enseñarle, ¿cuál habría sido nuestra reacción?

La Biblia dice que todo lo que hagamos o digamos lo hagamos para la gloria de Dios. Detén entonces tus prisas y tus múltiples ocupaciones y pregúntate: lo que estoy a punto de hacer o decir ¿le da gloria a Dios de alguna manera? Estoy seguro que si esa es nuestra práctica, veremos grandes cambios en nuestra vida, y a nuestro alrededor.

¡Dios te bendiga!


Abril 8, 2016 | Jorge A. Salazar

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